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Notas sobre un sueño de Diane Arbus: la fotografía frente a la realidad
En muchas ocasiones la cámara es un refugio frente a la realidad, especialmente sobre aquella que nos disgusta y asusta, es una protección – en forma de máscara paralizante – que se interpone entre la realidad y el fotógrafo. La mirada del “sujeto real” queda como anestesiada por la del “sujeto-fotógrafo”, éste solamente actúa a través de su cámara, como si llevarla colgada del cuello le impidiera comportarse como un sujeto ordinario.
El objetivo crea distancia frente a la realidad, nos aleja de la misma. Somos observadores pero no agentes. Este comportamiento es típico en el caso de los reporteros, especialmente los de guerra, pero también sucede en el caso de otro tipo de profesionales de la fotografía, e incluso de los aficionados. En el primer caso se puede mencionar la famosa foto de Kevin Carter, que consiguió por ella el Pulitzer, en la que se ve una niña a punto de morir de hambre mientras un buitre espera para darse el festín.
Es curioso ese alejamiento de la realidad que sentimos muchos fotógrafos por el simple hecho de observar el mundo a través de una cámara. A menudo somos solamente “mirones”, no actuamos siendo necesario hacerlo, nos conformamos con ver. Si llevamos cámara actuamos, pero no de la forma que se esperaría que hiciéramos, sino que solamente disparamos. La cámara nos ha alejado de la realidad, precisamente congelándola. Parar la realidad supone alejarse de ella.
Hace unos días leyendo “Revelations”, el catálogo que se ha publicado sobre la última exposición internacional de Diane Arbus, encontré unos párrafos sobre un sueño que ella tuvo. Estos párrafos están escritos de su puño y letra en unos de sus diarios:
“Yo estaba en un enorme, estupendo y vistoso hotel que estaba ardiendo, condenado, pero el fuego se expandía tan lentamente que la gente podía huir libremente. Yo no podía ver el fuego, pero el humo estaba cubriendo ligeramente todo, especialmente las luces. Terriblemente bonito. Yo tenía prisa e intentaba fotografiar muy aterrorizada. Iba hacia nuestras habitaciones para coger lo que tenía que salvar y por algún motivo no lo podía encontrar. Mi madre estaba cerca, tal vez en la siguiente habitación. Yo no sabía que es lo que estaba mirando, que es lo que tenía que salvar,con qué rapidez el edificio se derrumbaría, qué debo hacer, cuánto tiempo debo seguir tomando fotos. Quizás no tenga película, o no pueda encontrar mi cámara. Me interrumpen constantemente. Todo el mundo está ocupado deambulando por los alrededores, en silencio y lentamente. Los ascensores son de oro. Es como el Titánic hundido… estoy encantada, pero ansiosa y confundida, no puedo llegar a fotografiar. Mi vida pasa por delante de mis ojos. Es un tipo de calma con un éxtasis bloqueante y terrorífico, como cuando llega el bebé y el médico te pide que aguantes porque ellos no están preparados. Estoy casi vencida por el placer, pero abrumada por las interrupciones de él. Hay cupidos esculpidos en los techos. Quizás seré incapaz de ser fotografa si salvo algo, incluyendo a la cámara y a mi misma. Estoy extrañamente sola a pesar de estar rodeada de gente. Ellos continúan desapareciendo. Ninguno me dice que tengo que hacer, pero me preocupo por miedo a abandonarlos o por no hacer algo que supuestamente debo hacer. Es como una emergencia en cámara lenta. Estoy en el ojo de la tormenta. ” (Revelations)
En la biografía de la fotógrafa realizada por Bosworth (2006) se explica una situación que Diane vivió en su infancia y que ilustraría posiblemente este sueño y también la dificultad que tenemos muchos fotógrafos para dejar de mirar y actuar.
“… Renée, la hermana pequeña de Diane, insistía en tener una luz encendida en su habitación durante toda la noche. Una vez, alrededor de las cuatro de la madrugada, la pantalla de la lámpara se incendió y el señor Nemerov – el padre de ambas – tuvo que acudir corriendo a apagar las llamas. Diane no se movió y, acurrucada sobre las almohadas en medio de la oscuridad violácea, escucho el ajetreo y los gritos”. pag. 45.
Por otra parte, a Diane le asustaba y le atraía a la vez la gente poco ordinaria: sujetos discapacitados, enanos, nudistas, prostitutas, casi tanto como lo hacían la alta sociedad a la que ella pertenecía. Tal vez por ello esos fueron algunos de sus temas favoritos. Retratándolos los asimilaba, al mismo tiempo que los mantenía lejos, separados. Como aquel o aquella que exorcisa a sus demonios.
Curiosamente Diane Arbus y Kevin Carter se suicidaron, tal vez no soportaron la terrible barrera que los fotógrafos superponemos entre la realidad del mundo y la nuestra, la imaginada. Dicen que Diane, cuando se suicidó, realizó fotos de ella en la bañera desangrándose, llena de barbitúricos. En caso de que esta información sea veraz, se puede llegar a la conclusión de que incluso en ese momento ella necesito situar la máscara sobre sus ojos. De esta forma, su mirada estuvo enmascarada hasta el último minuto de su vida.
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Referencias:
Bosworth, P. (2006). Diane Arbus (Primera ed.). Barcelona: Random House Mondadori.
San Francisco Museum of Modern Art. (2003). Diana Arbus: Revelations (First ed.) Random House.
* La primera foto es de Kevin Carter
* La segunda y tercera fotos son obra de Diane Arbus

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