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Un secreto que no se quiere conocer
Decía Diane Arbus en su diario: “una fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te cuenta menos sabes”. Hay muchas formas de dotar de sentido o significado a dicha frase. Los secretos siempre cuentan cosas que no deben ser contadas, las fotos a menudo también. Una fotografía en si misma explica cosas, pero no las narra todas, solamente aquellas que es capaz de captar el que la mira o el que la toma. Por eso esa comprensión depende de los secretos de uno mismo. Es aquella parte de nosotros que no conocemos la que a menudo interpreta las fotografía que vemos o hacemos aunque no tengamos conciencia de ello.
Las fotos de Arbus, igual que nos sucede a los demás, eran fotos de sus secretos que de hecho eran secretos para ella misma. La recurrencia de sus temas es muy significativa, seres extraordinarios, gemelos, nudistas, transexuales, pervertidos, prostitutas, orgias, en definitiva personas fuera del marco social que se podría denominar “normalidad”. Todas esas fotos eran secretos de otras personas que Arbus se encargaba de mostrar a los demás, pero que en realidad mostraban también los suyos propios. Diane comentaba también en su diario que era una lástima no poder ser dos personas a la vez (tal vez por ello estaba obsesionada con retratar gemelos), puesto que ella misma en el fondo era un ser doble y asimétrico, como somos también todos nosotros. Existía la Diane dependiente, tradicional, esposa fiel, madre de familia, perteneciente a una familia acomodada, pero a la vez existía la Diane autónoma, excéntrica, extraña, más allá de lo ordinario, liberada sexualmente fuera del matrimonio, a veces dispuesta a dejarse llevar por sus impulsos, aunque no siempre era posible hacerlo sin sentimiento de culpa y vergüenza. Muchas de las Dianes imposibles aparecen en sus fotos de los otros, la fotografía fue tal vez para ella una manera de luchar contra sus fantasmas, con esos otros que habitaban en ella y que no siempre era capaz de ser. Estaba atrapada por la Diane que debía ser y aquella que quería ser. Como aquel padre de familia que trabaja todo el día en su empresa y por la noche acude a prostíbulos ocultándose de todo el mundo. Diane tenía también esa doble vida, pero la sublimaba con sus fotos. Era capaz de cruzar la linea e ir más allá de la normalidad, pero siempre acompañada con su cámara. Sin ella le era más complejo. 
Se podría decir, por tanto, que una foto nos dice, a veces, más cosas que desconocemos de nosotros mismos que aquellas que conocemos. O, dicho de otra forma, las fotos nos cuentan cosas que no somos capaces de entender, puesto que nos muestran ese saber que no queremos conocer. Por ese motivo … cuanto más te cuenta menos sabes.
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* Fotografias tomadas por Diane Arbus
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El doble que nos enfrenta
El retrato crea un doble del cuerpo y del rostro que hacía de modelo. Es un doble que ha quedado captado en el negativo. Todo retrato es el doble de uno mismo, como una sombra. La sombra siempre va unida al cuerpo, es una muestra de su existencia, igual sucede con la imagen del espejo. En este sentido la imagen como doble puede remitir a la muerte a través del placer, del sexo. Como dijo Freud la muerte y el sexo son los extremos de un mismo hilo que a menudo se tocan. La percepción de uno mismo, el placer que provoca, gusta y asusta por igual. El sujeto al observarse a si mismo siente un placer narcisista y, tal como le sucedió al propio Narciso en la leyenda mitológica, uno puede quedar tan embelesado en su propia imagen que puede ahogarse en ella. Ese es el principal temor del que es retratado, especialmente si es autoretratado: la ansiedad de amarse demasiado, de consolarse con su propia imagen.
El niño, aproximadamente hacia los dos años, como bien explicó Lacan, descubre su imagen en el espejo. En ese momento el sujeto empieza a tomar conciencia de su propia existencia. Esa conciencia transforma totalmente al individuo, ya es uno entre otros. Aparece el narcisismo en este instante en el que se toma conciencia de uno mismo como alguien distinto y diferente a los demás: interna y externamente.
El concepto del “yo” tiene dos formas: la del cuerpo y la de la mente, ninguna es directamente observable en su totalidad. En el caso del cuerpo esa observación de uno mismo en su totalidad, solamente es posible gracias a instrumentos culturales y tecnológicos: el espejo, el vídeo, la fotografía, el cine. El “uso” del cuerpo a menudo provoca placer, incluso si ese uso viene determinado simplemente por la propia mirada, por la visión de la propia desnudez. El ojo a menudo es un órgano fundamental del placer, más incluso que el tacto. El niño que se reconoce en el espejo, en la fotografía, empieza a experimentar ese placer.
Pero la imagen del espejo también es comprendida como la imagen del otro, pues estamos acostumbrados a ver al otro, pero no a vernos a nosotros mismos. Por ello a menudo vemos al otro en nosotros al observarnos en una fotografía. Ese otro del espejo en realidad es falso, es solamente una imagen, una copia, un doble del real filtrada por la conciencia. A la interpretación de esa imagen de la que tenemos conocimiento debe sumarse la de aquella de la cual no tenemos, pero que se encuentra también en nosotros. Así lo expresa Carmen Ribés:
“La imagen del cuerpo como culminación del orden de lo especular es, la imagen del otro y a la vez la imagen del cuerpo propio constituyéndose como otro en el espejo”. Por tanto, la imagen del cuerpo tapona un agujero, cubre a través de la representación del objeto la ausencia del mismo. Así, la fase del espejo contiene un mecanismo de anticipación y de retroacción, ya que a partir del momento en que el sujeto da forma a la imagen de su cuerpo, este comienza a percibirse como algo deficitario, en permanente estado de fragmentación. La imagen del propio cuerpo, por tanto,toma el valor de un objeto (puesto que es exterior, procede del espejo) y cataliza “la mayor parte del capital libidinal del sujeto que podrá invertir en otros objetos.”
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Foto: Bayard. La foto es uno de los primeros autoretratos de la historia de la fotografía.

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